Nuestra educación de hace decenas de años se centró en un aprendizaje memorístico, ajeno a la realidad y la experiencia, siendo arrojados y saturados por un mar de información la cual desconocíamos pero en la que teníamos que creer.
Durante muchos años se forjaron hombres y mujeres que entendieron que lo más importante en el aprendizaje era la memoria, difícilmente se enseñaba a pensar. Cómo ejemplo nuestros antecesores de la iglesia sabían lo que significaba el poder de saber, sin embargo, como todo poder, se contiene para que no pueda expandirse ni perderse en posibles mentes o manos pecaminosas. Hoy día, muchos somos y hemos sido las ovejitas del rebaño que cuidan los lobos, sin embargo, el milagro infinito de la vida nos reclama y nos cobra a través de nuestros cuerpos, quienes ni siquiera pueden ser callados por nuestras mentes o anestesiados por las necedades religiosas o tecnológicas que el hombre ha creado.
El cuerpo nos llama, y si nos disponemos a escucharle, posiblemente, comenzaremos a través de su expresión a dejar todos aquellos lastres que nos han hecho sentir tan insatisfechos e inseguros de nosotros mismos. Recordar el cuerpo, es aceptar que hay un todo en movimiento, que no somos dueños de la vida, pero que podemos decidir dejarnos llevar y conducir por ella hacia el sueño del eterno retorno a nuestro ser, entonces, la vida comenzará a expresarse a través de nosotros, y nosotros le escucharemos cada vez más profundamente en un aprendizaje que deviene de la más pura e intima experiencia del amor. Pues escuchar nos a nosotros mismos, requiere de una profunda aceptación de lo que se és, se ha sido o se será, y así la comparación con el otro no se vería desde la carencia, ni desde el ganar o perder, cuando simplemente uno se és desde la experiencia, el presente eterno de la vida aparece para enseñar y mostrarnos a través de nuestros propios ojos cada movimiento, cada inhalación y todo lo que requiere nuestro cuerpo para mantenerse vivo.
El cuerpo ya no es mas piel o materia dispuesta para el hombre, la mujer, el niño o el anciano, cuando la escucha es cada vez más profunda, el cuerpo se convierte en un todo interactuante y sintiente, que expresa, se ritualiza y accede al universo simbólico de la vida, donde todo está en constante movimiento, donde nada es bueno ni malo, simplemente es, porque es digno en su derecho de expresar, sentir, pensar para ser. Dejarse ser, es aceptar que soltamos los límites de lo conocido para aventurarnos al más allá, reconociendo que todo está en un continuom movimiento, y que la imagen de que somos iguales o que somos los mismos al pasar de los instantes, es una mera ilusión, es aquí donde la muerte se convierte en una aliada, que nos ayuda a liberarnos de los fantasmas del pasado que por herencia hemos adquirido, firmando contratos de personalidades que no queríamos ser o hacer.
Todo es cambio, el cuerpo permanece en movimiento, y morir para volver a nacer, hace parte del proceso de volver al cuerpo, éste es nuestro derecho innato, recuperar el amor personal y la confianza para poder vivir nuestro propio cuento, y encontrar allí nuestra verdadera danza, la danza de la vida.

